«Prometer y jurar. Sobre la transversalidad política»

Artículo de María Luisa Carcedo, publicado en La Nueva España


Artículo de María Luisa Carcedo, publicado en La Nueva España (14/08/2011)

«Prometer y jurar Sobre la transversalidad política»

La derecha española nos tiene acostumbrados a la sistemática negación de sí misma. Y, honestamente, lo comprendo. Cuando un político de derechas se autoubica en la convencional clasificación del eje izquierda-derecha nunca -bueno, mejor casi nunca- se suele colocar a la derecha. Como mucho, se refieren al centro derecha, cuando no abiertamente al centro. Pero lo más habitual es que huyan de clarificar cuál es su posición ideológica. Pero la tienen. ¿Por qué este interés en esconderla?

Recientemente han aparecido algunos mutantes de la posición clásica. La nueva versión de la derecha negacionista es la que se coloca, a mayor abundamiento, a lo largo de todo el espectro ideológico. Eso que la nueva expresión de la derecha asturiana, Foro Asturias, denomina la transversalidad política o, también, la impostada posición del PP extremeño para asegurarse el apoyo de Izquierda Unida, reclamándose simplemente defensor del paisano extremeño. Estamos asistiendo a una nueva versión del fin de las ideologías, por más que la terca realidad haya venido a contradecir a su formulador, el sociólogo Daniel Bell.

Porque la mera ubicación en el eje izquierda-derecha no es más que un convencionalismo simplista y metafórico con el que se presenta el perfil de un proyecto político. Pero lo verdaderamente importante son los valores en los que se sustenta y las medidas propuestas para su concreción, definiendo así un modelo de sociedad.

La derecha española se ha caracterizado por una pertinaz resistencia a toda idea de progreso hacia una sociedad más justa. Los valores como la igualdad, la libertad o la justicia social y de cuantas medidas persigan su implantación son sistemáticamente rechazadas, desacreditadas o combatidas. Baste recordar la oposición alarmista y apocalíptica para la economía ante la implantación de las pensiones no contributivas, o la universalidad de la sanidad, o la asignatura de Educación para la Ciudadanía. Medidas que responden a ideales de igualdad, a la libertad de juicio y discernimiento de los ciudadanos y a la justicia social, y que suponen auténticos pilares para la construcción de una sociedad más cohesionada, más justa, más sólida económicamente y más sostenible ambientalmente.

Puesto que la oposición a conceptos relacionados con el bienestar de la mayoría tiene difícil defensa, han inventado una nueva forma de boicot: el uso perverso del término. Así, se presentan como abanderados de la libertad cuando lo que plantean es una brutal desigualdad como en el caso de la supuesta libertad de elección de centro educativo o cuando plantean la antítesis entre empleo y protección social como forma de justicia social, cuando lo que en realidad plantean es empleo precario y búscate la vida.

En este panorama ideológico surgen dos circunstancias, la crisis y la irrupción de un clásico de la derecha más carpetovetónica que hinca sus raíces sociológicas en la clase política más rancia de la «democracia» orgánica («no te metas en política»). Debidamente travestido en eficaz gestor de hormigoneras varias y envuelto en una indefinida, descontextualizada y anacrónica bandera reformista.

Es importante tener presente la situación de crisis económica porque es un ejemplo espectacular de cómo lograr en un tiempo récord invertir la carga de la prueba. La ideología neoliberal promotora del funcionamiento libre del mercado en un escenario desregulado y con un papel mínimo de los estados desemboca en la monumental crisis económica, social y ambiental que sufrimos, y en un período de poco más de dos años está planteando como solución más desregulación, menos papel de los estados y menos protección social. Todo un éxito, ciertamente. Y toda una oportunidad para seguir adelgazando el Estado y acabar con la antigualla de la protección social, según su ideario.

Pues bien, aquí aparece la transversalidad política de Foro Asturias. Se presenta como un proyecto político superador de la división clásica entre izquierda y derecha, trasladando la dialéctica política en torno a dos ideas: eficacia (¿?) y regionalismo romántico tradicionalista (¡!). Pero nada de ideologías, «prometo y juro».

Pero ahora hay que gobernar en unas circunstancias difíciles. Y es necesario plantear ante la Junta General del Principado un programa de gobierno para la legislatura. Y aquí se rompe el encantamiento, y tras el beso de una buena parte de los asturianos, en lugar del príncipe transversal aparece el abanderado neoconservador en estado puro, con todos sus ingredientes, incluido el aderezo de la cita a Buchanan como economista de cabecera, uno de los mentores del papel mínimo del Estado e inspirador de la famosa frase del presidente Reagan en 1981: «El Estado no es la solución a nuestros problemas, es el problema». Las consecuencias de estos planteamientos, continuadas por los Bush (padre e hijo), las pudimos comprobar en la incapacidad de resolver los efectos del huracán «Katrina» en Nueva Orleans o la catástrofe del vertido de BP en el golfo de México. O, si miramos a España durante el Gobierno del PP, la incapacidad de gestión del accidente del «Prestige» (se habían suprimido 4 de los 8 remolcadores disponibles, por ejemplo). Por cierto, ¿quién era el ministro responsable de esa gestión?

Se puede deducir fácilmente que estas políticas de disminuir el papel del Estado conllevan la incapacidad de afrontar situaciones ordinarias de fomento económico y modelo productivo, redistribución de la riqueza, generar cohesión social y velar por la sostenibilidad ambiental. Y también para las extraordinarias, como las citadas antes.

Por tanto, con este modelo de sociedad no cabría esperar otra cosa del anuncio del programa de legislatura de Foro Asturias por el entonces candidato que empezar reduciendo el papel del Estado. El «adelgazamiento» de la Administración se convierte así en la solución mágica de toda derecha que se precie y, por supuesto, del nuevo presidente del Principado, ignorando el peso que tiene económico y social, las funciones que desempeña en las garantías de la democracia y el funcionamiento de los servicios públicos, imprescindibles para la cohesión social. Pero éste es el núcleo duro del aspecto ideológico del proyecto político. Y, ciertamente, no defraudó.

Así, en las políticas sectoriales más importantes en las que tiene competencia el Principado de Asturias, los compromisos de legislatura tienen un reconocible sello neoconservador: aumento de los conciertos con la sanidad privada sin incremento de presupuesto, luego pretende restar financiación a la sanidad pública, cuestión de aritmética básica (simple resta); libertad de elección de centro por los padres (público o privado), con el mismo presupuesto, resta de nuevo a la financiación de la educación pública (simple resta); la ayuda de 2.000 euros a los padres por nacimiento, independientemente de la renta familiar, con el mismo presupuesto, menos recursos para los servicios sociales a los más necesitados (simple resta).

Y ante el desafío del cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la gestión del territorio, las políticas de ordenación del territorio, la protección ambiental, la protección del paisaje, calidad del aire, especies protegidas, el paraíso natural en definitiva, sencillamente, ni existen. Y, por cierto, lo de la ciudad compacta en boca de quien promovió la política urbanística más insostenible conocida en todo tiempo y lugar es, sencillamente, una broma de mal gusto.

Por cierto, ¿dónde perdimos la transversalidad?