"Malbaratar por falta de culminación y uso una inversión de 3.500 millones en la variante de Pajares es inasumible"


De inicio, les incomodaré con una obviedad. Hay un vínculo esencial entre libertad de expresión y democracia. No obstante, esa identificación sería tan directa como angosta si no se ensanchara en el pluralismo. Imaginemos una pesadilla orwelliana en la que existiese libertad absoluta de opinión, prensa e imprenta, por decirlo al modo antiguo, pero todos dijéramos exactamente lo mismo: sería una sociedad aberrante en su uniformidad, en su paupérrima pero temible igualdad. Suena horrendo, sin duda. Ahora, rebajemos la pesadilla; agüémosla y soñemos sólo con un gobernante, un pensador o un editor que quisiera que todos los ciudadanos pensaran como él. Quizá no nos parezca tan terrible ese anhelo íntimo: un partido al que votasen todos los electores, un programa que viesen todos los espectadores, un editorial con alabanza unánime y sin queja, ni siquiera nimia. Puede formar parte de los deseos privados, pero, de hacerse realidad, sería una realidad espantable. Y, aun así, aunque el discrepante sólo fuese uno, debería tener derecho a rasgar con estruendo la uniformidad. Stuart Mill lo advertía con su apasionado vigor intelectual: «Si toda la especie humana, menos una persona, fuese de un mismo parecer y solamente ésta fuese de parecer contrario, el imponerle silencio sería tan injustificable como el poner silencio a toda la especie humana, si esto por acaso fuese posible»

El Club Prensa Asturiana es el espejo afortunado de lo contrario, del reconocimiento de la pluralidad. Un cuarto de siglo permite constatarlo. Aquí, en esta sala, ha habido hueco para todos, para la solemnidad y para la extravagancia, para la inmensa minoría y la mayoría ínfima. Por ello, y contra la famosa frase de Groucho Marx, estoy encantado de que este club me admita como socio; como conferenciante, en este caso. Ese desfilar expreso, casi anárquico y desgobernado, de la pluralidad real de Asturias por esta sala es una enseñanza democrática y, aseguro, una de las grandes razones, si no la principal, que explica el éxito social de esta iniciativa. Hay enhorabuenas impostadas, protocolarias, educadas, que no se corresponden con el pensamiento verdadero de quien las dedica. Modales antes que moral, recomienda el dicho inglés, con un poso de cinismo muy británico. Pero en este caso me limito a reconocer un triunfo y a desear, sinceramente, que se prolongue.

Había pensado dedicar la conferencia a la relación entre prensa y política. Deseché la idea no por espinosa, sino porque me impediría desarrollar con cierto detalle algunas cuestiones sobre el porvenir de Asturias. Aun así, no dejaré de hacer alguna referencia. En 1931, el primer ministro británico Stanley Baldwin aseguró, en referencia a los propietarios de The Daily Express y The Daily Mirror, que ambos pretendían "el poder, pero un poder sin responsabilidad, que es la prerrogativa de las meretrices a través de los tiempos". Sobre la conflictiva relación entre los medios de comunicación y la política se ha escrito muchísimo, y habitualmente con una exuberancia inextricable de tópicos. No voy a eso; aceptemos que esa tensión existe y, es más, debe existir; que es más higiénico para la democracia un punto de conflictividad que de complicidad entre periodistas y políticos; olvidemos, por ambas partes, la pesadilla orwelliana –también podría ir de la mano de Huxley- y asumamos que ni unos ni otros hemos de aspirar al pensamiento único, aunque ése sea el nuestro, e incluso reconozcamos que uno siempre es algo sectario de su propio pensamiento (cuando lo tiene). Con esta regla abecedaria, sigamos.

La relación que me interesa destacar hoy es otra. Los medios de comunicación, primero, y las nuevas tecnologías, después, han impuesto el tiempo nuevo de la inmediatez, desconocido hasta ahora. En cierto modo, periodistas y políticos impulsamos encabalgados absurdas máquinas imposibles de movimiento continuo: un hecho da lugar a una reacción urgente y apresurada –quien no reacciona no existe; quien no comenta no es; del que no opina se deduce que no hace-, y como la reacción a su vez merece otro comentario, se echa a rodar ladera abajo una bola de nieve que a menudo no envuelve siquiera al minúsculo ratoncillo que parieron los montes después de haberse estremecido. Pido que no se confundan representación y acción, gestualidad y gobierno, ejercicio tan necio como confundir valor y precio. Hace tiempo que ha surgido ya un nuevo tipo de político, que es el líder declarativo o, en su versión más de ahora, el ciberlíder, el líder tweet, que se apresura a exhibir su ingenio para el retruécano o la teatralización, pero que resulta tan vano y efímero como su insolvente levedad. Sé que con los medios ocurre lo mismo que con el principio de incertidumbre de Heinsenberg: que al observar la realidad –en este caso, la política-, la interpretan y, por tanto, la modifican. Jamás son inanes. Es absurdo resistirse a esa interacción, y yo no tengo vocación numantina; sólo pido que se diferencie gesto de contenido, que se reconozca que no es más enérgico el que más vocifera, más imaginativo quien más tuitea, que no piensa mejor quien más perora en una cháchara tertuliana. En los medios de imprenta suele advertirse de que no es buen periodismo todo lo que surfea por Internet, y a menudo ni siquiera es periodismo. Pues afirmo, en recíproca relación, que tampoco es buena política la que sólo navega en la superficie declamatoria y exclamativa y que, también a menudo, ni siquiera es política.

El problema es mayor, y ya me voy acercando a Asturias, porque vivimos dos tiempos que no acompasan, inconciliables hasta en los derretidos relojes blandos de Dalí. Decía antes de la inmediatez, y vuelvo a ella. Estamos acostumbrándonos a una sociedad maleable –líquida, si se quiere citar a Zymunt Bauman-, adaptable y simultánea. En esa fluidez general el tiempo político es uno y el administrativo, otro. Esa demanda de inmediatez es soportable en la red e inaguantable en la administración. Pensemos en la liturgia que acompaña a la toma de decisiones en la Unión Europea. No digo ya cuando se debate un cambio de rumbo, sino en la simple rutina decisoria. Hay una brecha cada vez más amplia entre las demandas de urgencia de una sociedad que percibe esa posibilidad, y que incluso se ve forzada a adaptarse con rapidez –y a menudo con un elevado coste personal-, y la lentitud propia del boscaje administrativo. A los ciudadanos les desespera que los políticos hablen y hablen durante años de un mismo asunto sin resolverlo –la reforma del Senado, por citar uno recurrente-, cuando ellos despachan a diario urgencias y problemas mayores para sus vidas. Y sin embargo, pese a lo que pueda parecer, una cierta cautela de lentitud es necesaria, porque proporciona seguridad. La administración ha de ser más ágil, pero no se hace eficaz a golpe de tweet. La opinión pública puede permitirse el lujo, o la libertad, dígase como se quiera, de ser pendular y fugaz, pero la administración, con su certidumbre jurídica correspondiente, no puede despeñarse por ese vaivén. Lo cual, claramente, no regala pretexto alguno para justificar la perezosa digestión rumiante de la tramitación administrativa. Hablo de un problema mucho mayor, que atañe a la medida de la eficacia de las instituciones en las democracias parlamentarias al uso, como es la nuestra. Conviven muchos factores para el descrédito institucional en Europa y en España. Algunos son expresos a diario: la incapacidad para atajar la crisis, las manchas oleosas de la corrupción, la resistencia a la renovación… Pero ésta que cito, la diacronía evidente entre los ciudadanos que viven en la inmediatez y la lentitud que camina tortuguesca en la burocracia es un problema de fondo que ahora la recesión exacerba. En este caso, y subrayo que me refiero sólo a éste, aspiro a la virtud aristotélica del punto medio.

En ese doble tiempo vive también Asturias. Con un añadido; un tercer tiempo propio, acaso: el tiempo congelado de los glaciares regionales, que se hunden y reaparecen en nuestros debates con sus ojos de hielo como imposibles guadianas cantábricos. Como recordaba recientemente un columnista en este periódico, no hace falta recuperar Conversación en la catedral y preguntarnos con Vargas Llosa cuándo se jodió el Perú. Podemos remontarnos a mediados de la centuria pasada para bucear en los orígenes de las sucesivas crisis que ha vivido Asturias; si queremos más rigor, a los inicios mismos de la industrialización regional. O, para no viajar tan lejos, hablar de las consecuencias que ha supuesto el desmantelamiento progresivo de un modelo de desarrollo cimentado sobre un complejo minerosiderúrgico público. Empero, sobran etiologías, radiografías, diagnósticos y pruebas clínicas a propósito de la reconversión, la crisis y sus efectos. Lo que me pregunto es por qué propuestas como las defendidas por Pedro de Silva sobre la iniciativa empresarial hace un cuarto de siglo en esta misma mesa siguen teniendo vigor, siendo oportunas –no digo válidas, sino vigentes, oportunas para la coyuntura, porque válidas siempre lo serán- hoy, aquí, esta misma tarde.

Hay una explicación. Determinados cambios exigen tiempos –vuelvo de nuevo al hilo conductor- geológicos. Cambia antes el paisaje económico que la sociedad asimilada al paisaje anterior. Hace décadas ya que Asturias no es el solar de la empresa pública, pero perviven modos, reflexiones y costumbres asociadas a aquella hegemonía. Y entonces ocurren contradicciones evidentes, decodificaciones absurdas. Por un lado se pide que se estimule la iniciativa privada, que se le deje el campo libre, que el poder político no estorbe, cuestiones todas con las que acuerdo. Pero, por otro, se le continúa reclamando a la iniciativa pública que ejerza el poder al que ya renunció. Así, se le demanda capacidad para revertir las decisiones privadas y hasta se la culpa de las mismas, aunque únicamente cuando son negativas. No eludo responsabilidades. Cuando una empresa cierra o despide trabajadores, es lógico que los afectados pidan ayuda y la exijan a la Administración. Digo que no tracemos un bucle imposible en el cual solicitamos al poder público que se aleje y no intervenga al mismo tiempo que vestimos el sambenito de que la pujanza de la iniciativa privada está en el debe del gobierno, cualquiera que éste sea. No, los principios y las reglas han de ser claros. El Gobierno está para facilitar el desarrollo empresarial, eliminar obstáculos, empujar y hasta, en algunos casos, desbrozar caminos, poner las primeras balizas en algún sector, pero la asunción del riesgo y de la iniciativa depende de los empresarios. Les aliento a que tengan el protagonismo, todo el que deseen, porque nadie les pondrá vallas, cepos, ratoneras ni portazgos, pero han de ser ellos quienes asuman su vocación ideal de capitanes de empresa con todas las consecuencias, sin esperar a que les cobije ni amamante ni lleve de la mano la administración, porque lo que no puede hacer gobierno alguno es suplir la carencia de iniciativa empresarial. Digo empresarios y no emprendedores, que me resulta más cursi. Ya no quiero ni comentar el repelús que me da cada vez que oigo el sustantivo emprendimiento.

Ése es uno de los glaciares perdidos en los que sobrevive helada la vieja Asturias. Otro es el del aislamiento secular, el de la región montañosa, abrupta y mal comunicada, de valles recelosos, desconfiados y hostiles entre sí, la de los mozos que se pelean a garrotazos en aldeas perdidas. En esa profundidad es donde se construyen infraestructuras totémicas, como la variante ferroviaria de Pajares, a la que se le otorgan virtudes sobrenaturales. Distingamos, por favor, y no nos perdamos en ensoñaciones. Finalizar la variante de Pajares en tiempo y plazo, apta para el tráfico de mercancías y pasajeros, es una necesidad. No valen cortinas de humo ni, tampoco, cortinas de agua para justificar los retrasos, como si ahora descubriéramos niágaras sobrevevenidos en el interior de la cordillera. Sé cuál es la historia de esta obra y sé también cuál la que se cuenta y que ha hecho fortuna. A estas alturas, no perderé el tiempo discutiendo sobre el pasado ni distribuyendo absoluciones, culpas ni penitencias. Y ya que entré en ese lenguaje, lo que no hemos de otorgar a nadie son bulas a peseta para dispensar de responsabilidades. Lo que debemos tener claro es bien simple: a más retrasos, mayor despilfarro. Cuando tanto se apela a la buena gestión de los recursos públicos, tengamos en cuenta que malbaratar por falta de culminación y uso una inversión de 3.500 millones es inasumible. Y, dicho esto, no condicionemos el desarrollo de Asturias a la velocidad de los trenes que crucen bajo la cordillera, no lleguemos a semejante ecuación con más pies que cabeza. El Principado necesita que se remate la obra, que entre en servicio con tráfico mixto, que la velocidad de los convoyes sea la mayor posible, que sea un elemento tractor en el desarrollo de El Musel, pero todo eso no bastará para vencer inercias y situar, como queremos, Asturias a la cabeza de España. Asumamos que, incluso inmersos en la crisis, no hay mejor motor que nuestras propias fuerzas.

Uno y otro son grandes glaciares de la vieja Asturias. El primero se ancla en la supuesta incapacidad de los gobernantes del Principado, todos los que han sido, para afrontar la crisis. Realmente, me pregunto si el balance de haber soportado una fortísima reconversión inevitable es tan negativo, si no salimos medianamente bien parados, aunque ésa sería otra discusión. El segundo glaciar es la incomunicación. También me pregunto si realmente Asturias no resiste la comparación en la evolución de sus comunicaciones con muchas otras comunidades. En cualquier caso, ambos glaciares elevan el mismo discurso común aterido de pesimismo, victimismo y agravio comparativo; el de una comunidad a la que le falta peso político y cuyas instituciones, amén de ineficaces, están parasitadas por indolentes sin solvencia intelectual ni técnica que no merecen el sueldo que ganan. Bien, pues yo sostengo que este relato es, en primera instancia, la placenta nutriente del populismo y los salvapatrias; en segunda, de la utopía tecnocrática y del platónico gobierno de los filósofos; en todos los casos, el estimulante de derivadas viejísimas que comparten el mismo disgusto hacia los valores democráticos y aún mayor hacia el republicanismo cívico que defiendo. Ése es el tiempo congelado que entumece Asturias y le impide arrancarse las viejas ligaduras. En el oráculo de Delfos, las pitonisas caían en trance embriagadas por los vapores que emanaban de las grietas, y en esa semiconsciencia predecían venturas y tragedias. Por favor, alejémonos de los vapores de la vieja Asturias por familiares y dulces que nos resulten; despertemos de una vez de una historia no ya mal contada, sino que empieza a quedar muy atrás.

Me gustaría hablarles ahora de otro tiempo más, de cómo quiero la Asturias del futuro. Pero antes tengo que detenerme en el que vivimos ahora. Para construir la nueva Asturias hay que liberarse de los discursos del pasado, romper, aunque sea a tajos, con las inercias, pero las circunstancias nos fuerzan a la resistencia. ¡Qué paradoja! Peleamos para conservar lo que tenemos a la vez que hablamos de soltar las ataduras para buscar otros horizontes. Repito desde el inicio de esta legislatura que hemos de empeñarnos en aprovechar bien lo que ya tenemos, pero la presión enorme de la crisis está obligándonos a convertir en casamatas la sanidad, la educación, los servicios sociales, las industrias básicas y la financiación autonómica, entre otros objetivos que mi gobierno considera medulares. Yo no imagino la nueva Asturias sin una sanidad pública de excelencia mejor incluso que la que ya disfrutamos, pero las circunstancias, las angosturas presupuestarias me exigen defender la que hay, como trinchera fundamental, porque si renuncio a defenderla, cejo y abro la puerta a otro modelo, entonces la meta inicial será inalcanzable. No es una obcecación sectaria. No pierdo el tiempo en debatir la aportación privada, que bienvenida sea siempre; dejo la piel en defender la calidad de la sanidad pública.

Lamento reconocer que no sé cuánto tiempo habremos de resistir en estas circunstancias. No hablo de brotes verdes ni hojas ocres; sé que hay un estado de incertidumbre en el cual no quiero consentir el desmantelamiento de los pilares imprescindibles para edificar la Asturias del futuro, y esas columnas incluyen la calidad esencial de nuestros servicios públicos. No exagero, pero quizá no haya habido un gobierno con menos oportunidades reales para elegir que éste; hasta tal punto que la defensa de lo que ya hay consume, créanme, mucho entusiasmo, mucha imaginación y fantasía.

El esfuerzo es doble, pues. De un lado, apuntalar el edificio, y, de otro, mejorarlo, ampliar y acomodar sus estancias para la Asturias que imagino y propongo.

Propongo una Asturias normal y estable. La normalidad es un estado poco apreciado. Como tantas otras cosas, sólo se echa de menos cuando se pierde. En política, la normalidad es rendimiento institucional, estabilidad parlamentaria y presupuestaria, reducción de extravagancias. Hemos vivido en varias ocasiones episodios transitorios de anomalía institucional en el Principado, y todos han conllevado descrédito y parálisis. Insisto: sé que la normalidad es aburrida, pero prefiero ese tedio cotidiano del funcionamiento correcto de las cosas al estruendo vocinglero de quienes entran como elefantes en una cacharrería, políticos y gobernantes de quincalla y populismo. No cuestionemos nuestra arquitectura institucional, que no es barroca ni despilfarradora ni excesiva, no demos cuartos a los aprendices de brujo; exijámosle que funcione bien y cumpla su tarea. Exijámosle que sea eficaz, eficiente, rigurosa, seria.

Propongo una Asturias española y, en consecuencia lógica, europea. Una comunidad autónoma que participe decididamente en la construcción de una España solidaria de identidades compartidas, no una España insolidaria de soberanías compartidas. Para eso no sólo es necesario que las instituciones del Principado defiendan los intereses de Asturias con toda la contundencia necesaria, sino que son imprescindibles otros dos factores. Uno, la existencia de consensos básicos sobre determinadas cuestiones de Estado, para decirlo con el lenguaje al uso. Insisto en la reforma de la financiación autonómica, por ejemplo, porque condicionará mucho las posibilidades de Asturias. Y aunque abstruso y complejo, es un debate crucial. Y el segundo factor que considero imprescindible pasa por que los partidos vertebrales de España tengan un discurso básico común para todo el país. Si los grandes partidos disgregan su mensaje en el neofeudalismo de las baronías, los ducados y las taifas; si la construcción del país responde a la lógica de cada interés territorial, entonces no hay espacio para la esperanza. Por supuesto, que sí lo debe haber para la discrepancia, para la singularidad y hasta para la puja; claro que ha de haberlo, pero eso no puede significar la disgregación de la propuesta política. El Partido Socialista y el Partido Popular tienen que ofrecer un discurso –cada uno el suyo, por descontado- básico común para España. La reforma del Senado permitiría convertirlo en el foro adecuado para el debate territorial.

Propongo una Asturias bien comunicada. Ese objetivo va más allá de la culminación de las vías arteriales, de la autovía del cantábrico, de la autovía al suroccidente y de la variante de Pajares; va más allá también de solucionar las carencias aeroportuarias. Hemos de ponernos en cuanto podamos a mejorar el mallado interior, a resolver con la mayor agilidad y acierto los problemas de la zona central, a sacar todo el provecho posible de las conexiones marítimas que brinda El Musel. Disponemos de una plataforma excepcional, y ahora nos corresponde saber aprovecharla, estar a la altura de las circunstancias. Una Asturias bien comunicada es, también, una Asturias que se intercomunica bien entre sí en la red y con las nuevas tecnologías. También en este punto contamos con las bases indispensables para modernizar la Administración y el acceso a las herramientas tecnológicas más potentes. Y una Asturias bien comunicada es, además, la que cuenta con potentes medios de comunicación, privados y públicos, que informan y alimentan el debate entre los asturianos. Estoy en un lugar muy adecuado para celebrar el altísimo índice de lectura de periódicos de nuestra comunidad.

Propongo una Asturias que sepa conciliar la aparente dicotomía entre el mundo rural y el mundo urbano. La protección ejemplar de nuestra costa y nuestros espacios naturales –también ejemplar para toda España- es compatible con la articulación necesaria de la zona central, esa suerte de gran metrópoli polinuclear, una cuestión que habrá que abordar con tanta cautela como rapidez. Para ello, rebajemos los localismos, por favor. Cuando oía u oigo hablar de cerco a tal o cual ciudad pienso en lo absurdo de la expresión. Asturias es permeable, porosa, y debe serlo; no hay actuación fuerte en Oviedo, Gijón o Avilés que no repercuta en toda la zona central. Por esta razón hemos de explorar los caminos que nos lleven a la cooperación turística, empresarial y de servicios, invitación que lanzo a todos los ayuntamientos del área central. Los consorcios Cogersa y Cadasa y el Consorcio de Transportes –espero que pronto reforzado- son muestras excelentes. Y vuelvo a la idea inicial: en Asturias, como en muy pocas comunidades autónomas españolas, es posible la convivencia entre lo rural y lo urbano como realidades que se interpenetran, algo que han de tener en cuenta todas las villas de nuestra región. Ésa es una ventaja altísima respecto a otras zonas de España. Aquí, rural y urbano no son geografías enfrentadas una contra otra; aquí conviven, y ésa es una plataforma para nuestro desarrollo turístico, que puede llegar mucho más lejos de las fronteras que ya ha alcanzado.

Propongo una Asturias industrial e investigadora. Decir sectores básicos no es nombrar sectores viejos, alejados de la innovación, desertores de la investigación. Aquí, como en tantas otras cosas, las palabras juegan a menudo malas pasadas. Como el poeta, le pido a la inteligencia el nombre exacto de las cosas. No hay una condena inevitable por decadencia biológica sobre la minería ni sobre la siderurgia, como no la hay sobre la fábrica de armas ni sobre los astilleros. Todas estas ramas de actividad tienen futuro, con mayor o menor dimensión. Por eso no tiene nada de nostálgico ni de inútil empeñarse, como hace mi gobierno, en su defensa razonable. Me resulta incomprensible que el Ejecutivo central sume crisis a la crisis con decisiones carentes de justificación, sea en la minería o sea en la fábrica de armas. Claro que aspiro también al desarrollo de nuevas industrias, de industrias ligeras, sin grandes talleres ni maquinarias pesadas; por supuesto que considero que las empresas agroalimentarias tienen un extenso recorrido ante sí. Pero me niego a dar por canceladas las industrias básicas como si fuesen simples pagarés. Y. sobre todo, tengo la firme convicción de que la fortaleza industrial es imprescindible para asentar la potencia económica del futuro. Y esta meta exige también un esfuerzo irrenunciable para fortalecer nuestra Universidad y, especialmente, la investigación.

Propongo una Asturias reconocida, como ya lo es, por la calidad de sus servicios públicos. Porque, en mi planteamiento, la sanidad, la educación y los servicios sociales de Asturias son y pueden ser referente europeo. No atribuyan este propósito a una obcecación ideológica. Hace décadas que Asturias era señera en su sanidad pública, y a nadie se le ocurría anudar ese rasgo a una corriente política: estábamos orgullosos de nuestra calidad sanitaria, podemos seguir estándolo y quiero que sigamos estándolo. Para ello no valdrá sólo con el estreno el próximo año del nuevo hospital de Asturias ni con el arranque de una Fundación Biosanitaria que será ejemplar, ni con la implantación de la receta electrónica ni de la historia digital única. Necesitamos todos esos hitos acompañados del compromiso de los profesionales de la sanidad, trabajen en la sanidad pública o la privada, sin duda. Pero me atrevo a reclamar el compromiso mayor, el de la sociedad asturiana entera, porque éste es uno de los ejemplos de excelencia que podemos proponer para España y para Europa, porque no nos faltan dotaciones ni capacitación ni una ciudadanía consciente del valor de nuestra sanidad. Lo mismo, con similares palabras, digo de la educación y de los servicios sociales. Apartemos, por favor, el sesgo ideológico. Claro que hay ideología en mi expresión y en mi planteamiento, pero no sectarismo ni anteojeras. Creo sinceramente que la mejora de la oferta sanitaria, educativa y de los servicios sociales puede y debe implicarnos a todos. Por eso no es buen camino desdeñar el consenso en las leyes educativas: si existe, y no lo dudo, la trampa del consenso, también existe, no lo duden, el riesgo de la mayoría soberbia. Hay asuntos que sobrepasan la aritmética.

Y, termino, me gustaría una Asturias más joven, con mayor vitalidad demográfica. Éste es uno de los problemas más serios que encaramos a medio plazo, un problema que compartimos con todas las comunidades del noroeste peninsular. No hay soluciones locales para esa dificultad. Lo mejor que podemos hacer en Asturias para evitar el declive demográfico es desarrollar todo lo que antes enumeré, pero el envejecimiento del noroeste peninsular es un problema suprarregional y con esa dimensión hemos de analizarlo. Por eso quiero abordarlo con los gobiernos de todas las comunidades que nos vemos afectadas por la misma situación. Hemos de conseguir, juntos, que el Gobierno central reconozca la gravedad de este problema. He oído a veces la expresión España hemipléjica referida a las comunicaciones. Con muchas más razones creo que se puede aplicar a demografía.

Éste, y ya no les canso más, es el tiempo en el que vive Asturias. Un tiempo desterritorializado, sin fronteras, de destinos cruzados. Un tiempo con nuevos riesgos y por tanto nuevos miedos que deben ser conjurados con nuevas formas de gobernar. Un tiempo plural que nos obliga a conjugar la inmediatez con la seguridad, la fluidez con la certidumbre, la resistencia con el diseño del futuro, porque no queremos que el porvenir nos venga impuesto sin haberlo peleado. En el roce y la fricción de esos tiempos, derritamos de una vez por todas los viejos, enormes glaciares que mantienen entumecida nuestra acción y nuestra palabra, esos bloques helados de pensamiento que, con sus vapores y pócimas, quieren pervivir en la añoranza melancólica de una edad dorada que acaso jamás existió.

En esta casa, quiero expresar también un último deseo. Que dentro de 25 años, el Club Prensa Asturiana siga siendo ejemplo de éxito social y empresarial, la ancha plaza abierta del pluralismo donde todos podemos convivir.

Muchas gracias.