"La calidad de la democracia, ese oscuro objeto de deseo"

Artículo de Pedro Alberto Marcos, moderador en la jornada "La calidad de la democracia: situación y desafíos"


Artículo de Pedro Alberto Marcos, moderador en la jornada "La calidad de la democracia: situación y desafíos"

LA CALIDAD DE LA DEMOCRACIA, ESE OSCURO OBJETO DE DESEO

Por PEDRO ALBERTO MARCOS
 
Ustedes me disculparán pero este comentario nace teñido de un halo desconcertante e impropio en quien se supone avezado a esos viejos menesteres de escuchar, tomar nota, atemperar entusiasmos luego, y, si acaso, lanzar alguna puya altisonante. Dicho de otra manera: este fin de semana me he pasado cuatro horas moderando a intelectuales y militantes socialistas, y otras cuatro como escuchante ensimismado. ¿El asunto en cuestión? La Calidad de la Democracia. Toma ya.

María Luisa Carcedo, a la sazón secretaria de Desarrollo Socioeconómico y Programas de la FSA-PSOE, junto con la Sección Este de la Agrupación Socialista gijonesa, han sido los responsables de la iniciativa, pero otros muchos nombres fueron a la postre colaboradores necesarios, casos de Ramón Vargas-Machuca, César Colino, Manuel Villoria, Ignacio Molina, Eloísa del Pino, Oscar Rodríguez Buznego y Javier Fernández.
 
Intelectuales y políticos en una amalgama inusual, tanto que frente al torrente de problemas, interrogantes y dudas, lejos de animar al cabreo generalizado –tan propio de los tiempos que corren-, créanme si les digo que unos y otros reclamaron, interpelaron, practicaron el honesto ejercicio de la duda, y hasta aplaudieron, pareciendo disfrutar de un momento extraño y duende, como si por la puerta de la Casa del Pueblo de Gijón hubiesen entrado en tropel personajes tan dispersos como Nicos Poulantzas, Hans Magnus Enzensberger, y hasta el mismo Antonio Gramsci, mientras que el abuelo Pablo contemplaba todo desde una pared hecha palabras.

Y es que el debate sobre esa calidad de la Democracia remite, inevitablemente, a cuestiones relacionadas con la desafección ciudadana pero también a otras no menos relevantes como la urgente necesidad de un discurso político que no sea defensivo, que no proceda exclusivamente de la presión opositora y que ayude a fortalecer la transparencia, la participación y el compromiso. ¿Es eso plausible en la izquierda socialdemócrata? se preguntaron algunos conferenciantes –sobre todo Vargas-Machuca, brillante, emocionado, lúcido-, y las respuestas no por esperadas dejaron en el olvido otros dolores que ya vienen de lejos. Un suponer, la crisis de los partidos políticos.

Cada opinante buscó un punto de partida al que asirse para desgranar luego su discurso crítico y autocrítico sobre los partidos. Unos arrancaron desde el franquismo para recordar que la desafección de hoy tiene mucho que ver con aquel ayer; otros, tal vez recordando el lenguaje de Marta Haneker, parecieron remitirse a un estadio fronterizo, la transición, tan mentada siempre, tan mal estudiada, tan adulzorada; también hubo sorpresas: las habituales alusiones a la caída del Muro de Berlín como elemento clave en el desconcierto de la izquierda apenas sí contaron para los intervinientes. Solamente dos personas citaron ese momento cumbre del derrumbe ideológico, pero de pasada, como si tal cosa.
 
LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN AFINES Y EL MUNDO DE INTERNET

Como era previsible, los medios de comunicación social permitieron a los asistentes desgranar nuevos y viejos dolores; también alguna certeza. Las miradas más convincentes –sin que faltasen sonrisas cómplices- llegaron cuando un conferenciante recordó la valentía de José Luis Rodríguez Zapatero al no ceder al chantaje de un grupo mediático considerado afín (es bien sabido que las cuentas de resultados no saben de colores ideológicos). En esa misma argumental César Colino hizo mención a otro hecho relevante de ZP: cumplir con un compromiso electoral que ningún otro presidente de Gobierno de la democracia, pese a las continuas promesas, pudo lograr: la despolitización de TVE, consiguiendo así que el más importante canal de televisión público de nuestro país haya quedado bajo la tutela del Parlamento y no del partido gobernante ocasional. Al otro lado del espejo surgió inevitable la imagen de Telemadrid, de Esperanza Aguirre, del PP, como el más burdo ejemplo de la vieja manipulación política de un medio público, aunque si se hubiese citado a la Televisión Autonómica Valenciana, tampoco hubiese quedado mal.

Con todo, no dejó de sorprenderme lo apegados que viven los polítólogos, y los filósofos, a los medios de comunicación tradicionales. Pese a que una interpelante habló de Internet, la respuesta fue de aliño. Conclusión: mientras los jóvenes –y los no tan jóvenes- pasan olímpicamente de la televisión dedicando entre dos y tres horas diarias de su tiempo a Internet, los analistas siguen dándole la espalda a esa realidad.
 
Pero tras la incursión mediática, se volvió a la desazón que provocan en el momento actual las señas de identidad de la socialdemocracia, sobre todo gracias a Manuel Villoria, cuya mezcla de prudencia y provocación calculadas al milímetro, desembocaron en una serie de interrogantes lapidarios (este hombre dejó además una impresión enigmática: ¿sabe tanto como sugieren sus opiniones o aún mucho más? Habrá que leerle). Respecto a las identidades ideológicas ¿cuáles son las respuestas del socialismo democrático frente a problemas como la seguridad, la inmigración, y la crisis económica actual, ante los que el populismo de la derecha logra rentabilidades evidentes desde el punto de vista electoral? No hubo respuestas claras desde la izquierda –quizás porque no existen, dijo el mismo Villoria-, pero la discusión permitió regresar a conferenciantes anteriores que intentaron transitar por caminos semejantes al referirse a una democracia de calidad basada en los derechos individuales (Vargas-Machuca), pero sin olvidar otros identitarios (Colino).
 
Resumiendo: estas jornadas dignificaron la capacidad de análisis que se le supone a una organización socialista abierta a los problemas que plantean tanto los ciudadanos como sus militantes y simpatizantes, lo que sin duda obliga a seguir transitando por ese camino.
 
El último apunte que tengo anotado en mi libreta remite a un pasado que para algunos resulta ya tan lejano que apenas si identifica rostros e imágenes, ya que no nombres propios. Quienes vivimos la transición democrática de la dictadura a la democracia sí recordamos a un personaje singular: Luis Gómez Llorente, diputado por Asturias en las primeras legislaturas (1977, 1979). Fue citado, para bien, en esta reunión de Gijón, y un servidor se alegró de ello.