Javier Fernández: "El PSOE es el partido que simboliza el ascensor social, el acceso universal a la plena ciudadanía"

"Queremos un Estado federal que promueva la igualdad social, que proteja la diferencia cultural y que impulse la unidad emocional". Donde "ninguna diferencia importe si no se convierte en privilegio", ni prime "la autonomía del agravio comparativo"




El presidente de la Comisión Gestora, Javier Fernández, ha intervenido esta mañana en la inauguración del Foro Político que, bajo el lema ‘El futuro empieza con más socialdemocracia’, celebran este sábado los socialistas en Madrid.

Tras una larga ovación de los presentes, Javier Fernández ha pronunciado el siguiente discurso:

"Compañeros, compañeras, muchísimas gracias por vuestra presencia, gracias por vuestro calor y por vuestro afecto, y gracias sobre todo por vuestro trabajo; ese trabajo que va a estar en el álgebra, en la clave de la Ponencia Política que debatirán los militantes. Y que debería de trascender a la militancia, porque la gente tiene derecho a saber lo que pensamos los socialistas de la política, del partido, de la democracia, del modelo de Estado, de la construcción europea. La gente tiene derecho a saber si somos lo que decimos ser, si hacemos política para ellos, si estamos en política por ellos; les importa mucho saber por qué, y sobre todo por quiénes, estamos en política.

Y tenemos que decir que, para nosotros, la política consiste en gestionar la realidad, o en rechazarla, o en cambiarla, en no asumirla como un destino; en revelarnos contra la idea, contra el prejuicio de que todo está hecho, todo decidido, todo está escrito, todo predeterminado...

La política quiere sobre todo resolver problemas los problemas. Su función principal es resolver, encontrar soluciones a los problemas, pero también devolver el sentimiento de control, la sensación de confianza a la ciudadanía. La política empieza cuando los técnicos, los burócratas y los expertos han hecho su trabajo y alguien tiene que decidir lo que hay que hacer. Y no se hace con soluciones maravillosas, ni con demostraciones de erudición, ni con proclamas de ruptura, sino con los materiales más comunes, o al menos los más baratos: con las ideas y con las palabras. Con las palabras normales, las del habla de la gente, porque son esas palabra la única manera que tienen las ideas de poner el pie en la calle.

Hay muchas ideas sobre la política, para algunos es conspiración, secretismo, maniobras pragmáticas, maquinaciones oscuras... pero no hay peor fantasía que una sociedad sin política, porque es lo único que puede mantenernos unidos siendo diferentes, es el único poder al alcance de los que no tienen poder.

Y nosotros tenemos que decirle a la gente que la política no la hacemos solo los políticos. Están los lobbies, los grupos de presión, los clanes acampados a la vera del poder, todos aquellos que quieren que su dinero hable más alto que las voces de la gente, pero los protagonistas principales son los partidos. Nosotros somos un partido, un viejo partido. No renunciamos ni a nuestra tradición ideológica ni a nuestra lectura crítica de la realidad. Queremos una organización en la que haya espacio para compartir acuerdos y para mantener desacuerdos, capacidad para generar consensos y para manejar disensos.

Pero democratizar el partido no es convertirlo en una asamblea permanente, ni avanzar hacia una organización más débil y un liderazgo más fuerte. Evitar el monopolio del poder en las cúpulas en perjuicio de la participación de las bases, no pasa por un partido más plebiscitario que deliberativo, más asambleario que representativo. Queremos no una organización burocratizada, entregada a sus estados mayores, a guardias pretorianas que estén ahí atrincheradas en el poder, no lo queremos, pero tampoco queremos un partido sin rumbo, sin ideas y sin proyecto político, una mera plataforma electoral al servicio de un líder que reclame autonomía o que exija confianza.

Queremos un partido –y tiene que saberlo la gente- tan plenamente democrático como electoralmente participativo, con un proyecto de crecimiento y de equidad, de desarrollo y de bienestar. La gente tiene que saber eso y, además, tiene que recordar que: cambio, responsabilidad, moderación y un único discurso en toda España, son los ingredientes que hicieron del PSOE un partido grande.

Y cuando digo un único discurso en toda España, no es una España única, uniforme, monocorde, monolingüe, no, es un único espacio público compartido, es un único sujeto de derechos y obligaciones políticas, es una única ciudadanía.

Compañeras y compañeros, hoy hay en España consolidados 17 espacios electorales muy competitivos y una élites políticas muy vinculadas a ellos y muy pendientes a las preferencias de los dueños de los votos, los titulares del sufragio. Y esa estructura político-territorial no está en la Constitución, y no lo está porque los constituyentes de aquel país que se reinventó a sí mismo en el 78, hicieron un prodigio de ingeniería semántica y de pacto político combinando dos palabras: autonomía y consenso, que entonces eran dos palabras nuevas, para exorcizar a un fantasma viejo, un demonio familiar que en lo político, en lo simbólico, en lo ideológico y en lo emocional, había envenenado el último siglo de la historia de España.

Los constituyentes dejaron abierta la Constitución hasta tal punto que ni siquiera dijeron si iban a ser tres, trece, veintitrés o diecisiete las comunidades autónomas. Fue el principio dispositivo el que le permitió ese desarrollo de un Estado federal construido del revés. Y digo federalismo del revés, porque a diferencia de los más genuinos estados federales que van de la desunión a la unión, con estados independientes que deciden unirse, el nuestro es un viejo Estado unitario y centralista, que decide distribuir el poder a la manera federal. Y no se denomina así, no se nombró así porque esa palabra estaba envenenada por la memoria de una Primera República que quiso ser federal y acabó en cantonal, y porque mucha gente entendió que no podía hacerse, incluso eminentes socialistas como Fernando de los Ríos o Jiménez de Asúa, en 1931 decían que el federalismo servía para construir estados nuevos pero no para descentralizar los viejos. Y sin embargo, el Estado de las autonomías es el nombre emboscado y vergonzante que hoy asume el federalismo en España. Un federalismo incompleto, imperfecto, inacabado, desconstitucionalizado para procurar articular la unidad en un país con fortísimas pulsiones identitarias.

Y la gente tiene que saber que lo que hicimos en Granada fue abrir un espacio entre el independentismo disgregador y la ausencia de cualquier plan, cualquier estrategia para minorar esa tensión autodestructiva que existe en el país. Lo que hicimos en Granada fue decidir perfeccionar lo que es un muy imperfecto estado federal, reformando una constitución que no es federal. Hoy España es un Estado federal tan peculiar y diferente a todos los demás, como todos los demás son peculiares y diferentes entre sí.

Y en todos esos modelos hay que fijarnos en la arquitectura institucional, por supuesto, pero sobre todo tenemos que fijarnos y hacer hincapié en el vínculo político, en el compromiso político que todo federalismo establece entre autogobierno y solidaridad.

Y la gente tiene que saber que los socialistas queremos un Estado federal que promueva la igualdad social, que proteja la diferencia cultural y que impulse la unidad emocional. Queremos uno en el que ninguna diferencia importe si no se convierte en privilegio, en la autonomía del agravio comparativo a ver quién presta mejor servicio, quién capta más inversiones, quién cobra menos impuestos. Un Estado federal en el que una transferencia de nivelación para la prestación de servicios públicos universales no sea considerada un regalo, una ayuda, un subsidio, sino un derecho por pertenecer a una única ciudadanía. Un derecho por pertenecer a una sociedad abierta sin fronteras internas, ni reales ni imaginarias; a una comunidad unida en la que no haya ni muros de piedra ni murallas de rencor.

Compañeros y compañeras, tenemos que esforzarnos en transmitir a la gente lo que nosotros pensamos sobre la estructura del Estado, en llevarles la idea cierta de que queremos un Estado que proteja la diversidad, la diferencia, pero siempre recordando que ya Freud nos alertaba del narcisismo de las pequeñas diferencias en la realidad que se engrandecen y se agigantan en los imaginarios.

La gente debe saber que la ciudadanía no supone la homologación ni la borradura de ninguna experiencia, ni histórica ni cultural. Pero también ya nos alerta el poeta de que el canto a la diferencia y la exaltación del fragmento es uno de los ejercicios preferidos de los viejos adversarios de las ilusiones colectivas. Y que somos nosotros, nosotros, los que llevamos la identidad y la patria en la cabeza y en el corazón, pero no en la entrepierna. Los que sabemos que ni las estanterías ni las identidades ni los vasos de vino hay que llenarlos del todo, que hay que dejar espacio para que pase el aire, que pase el aire entre identidades porosas, compatibles, múltiples, sumadas, ahora duales.

Yo soy asturiano y español y mañana, europea.

¿Cuándo será mañana en Europa? Esa es la gran incertidumbre. Sabemos lo que es hoy.

Hoy Europa cumple 60 años. Hace 60 años que nació esta Europa, una Europa construida entre los escombros de la que había muerto en 1945. En aquel momento germinal, inicial, era un continente distinto porque había un protectorado provisional en el Oeste y un satélite efectivo en el este. Y nacía para conjurar el pasado y también para pensar en el futuro. No era solo un antídoto nacional, era también una promesa de democracia y de desarrollo económico y social.

Hoy, 60 años después, Europa es un extraño animal político, con himno, con bandera, con derecho, con funcionarios, con moneda, pero sin demos, sin ágora, sin espacio público y sin europeos. Y es verdad que no era fácil, no es fácil, porque es la primera construcción política que se hace sin un pueblo delimitado y homogéneo, sin un origen común, una cultura común, una lengua común y un enemigo exterior que proporcione cohesión interior. No puede ser fácil, porque es algo inicial, inédito, un experimento para adaptar la soberanía al desafío de una deslocalización económica que es también la deslocalización del poder. Es un laboratorio para construir una identidad, no sé si postnacional, anacional, metanacional, supranacional... no lo sé, a partir de las 27 sociedades nacionales que la integran.

Lo cierto es que Europa está parada, que el método Monnet no da más de sí, que no se puede avanzar solo con tratados intergubernamentales, que los estados nacionales ya no pueden tener el protagonismo y que hay peligro de renacionalización. Y tenemos que decir que hay que pasar de la Europa de los Estados a la Europa de los ciudadanos. Y eso tampoco es fácil. Lo que no deberíamos es debatir ahora sobre si las sucesivas oleadas ampliatorias menguaron la profundidad o al cohesión del proyecto europeo o si el Brexit británico va a obrar en sentido contrario, ni tampoco si adoptamos demasiado pronto una moneda que sin estado y sin proyecto político era más única que común, era una especie de marco alemán con más radio de acción. En lugar de debatir sobre esas cosas, debemos de pensar en otras. Una y fundamental es combatir esta fábrica de estereotipos que funciona a pleno rendimiento y hemos escuchado uno esta semana: cómo hay un norte industrioso, trabajador y solidario que crea un riesgo moral en un sur indolente, irresponsable y endeudado.

Si queremos avanzar lo que tenemos que hacer es transmitir a la gente que no puede haber una unión económica sin unión fiscal y que nos puede haber una verdadera unión política sin receptores y sin contribuyentes netos. Pero, sobre todo, lo que tenemos que decir a la gente es que Europa, que europeizó el mundo, que inventó todas las instituciones que ahora tienen valor universal, está inventándose a sí misma y que lo está haciendo en un momento en que su historia, la suya, ya no es una historia universal sino regional. Lo está haciendo en un momento en que solo es un apéndice, una península de Asia por la que la historia global pasó, pero no va a volver a pasar jamás.

La gente tiene que saber que estamos construyendo Europa después de la era de Europa y tiene que saberlo porque lo que más nos puede unir a los europeos es la conciencia de nuestra fragilidad ante el destino. Es decir, la conciencia de nuestras fragilidades energéticas, demográficas, económicas, políticas o militares tiene que ser el motor para la conciencia europea común, la de la necesidad común que no nace del pasado, ni siquiera es del presente, es el futuro quien nos la impone diciéndonos: oiga, o ustedes adoptan un destino
común o caerán en la irrelevancia común.

Edgar Morin tiene una hermosa metáfora en la que habla de un oruga que entra en la crisálida y allí sufre una transformación entre convulsiones, una metamorfosis en la que todos sus tejidos y sus órganos son destruidos, solamente el sistema nervioso permanece indemne controlando el proceso por el que debe de salir un ser totalmente nuevo y radicalmente igual. Morin dice que hace 60 años Europa entró arrastrándose como una oruga en esa crisálida y que ahora tiene que tener sus últimas convulsiones para salir volando como una libélula o abortar. Y la gente tiene que saber que los socialistas queremos que Europa vuele.

Volar, compañeros y compañeras, significa ir allí a Europa a defender nuestros intereses, pero no nuestros intereses como mineros españoles o camioneros italianos o pescadores irlandeses, sino nuestros intereses como europeos. Ir allí a Europa a defender lo nuestro, porque Europa tiene que ser una prolongación de los nuestro. Volar significa decidir como europeos la política que vamos a hacer en Kabul o en Pyongyang o en Damasco. Que Europa vuele significa perseverar en un modelo de democracia que es inseparable también de un modelo social.

Octavio Paz me reñiría si yo hablara de democracia que vuela, porque él decía que a la democracia nunca hay que ponerle alas, que lo que hay es que echarle raíces. Bien, pues lo que nosotros queremos es que Europa tenga unas profundas raíces en un concepto concreto de ciudadanía. Que ser ciudadano europeo es estar más protegido que ningún otro de los avatares imprevisibles, de los poderes personales, de los odios tribales y nacionales y hasta del puro azar. Ser ciudadano europeo es pensar más en la integración que en la asimilación cultural; pensar más en la calidad de vida que en la acumulación de riquezas; pensar más en los derechos humanos que en los derechos de propiedad, y más en la cooperación multilateral que en la hegemonía global.

Compañeros y compañeras, antes os decía que nosotros somos un viejo partido y que no renunciamos ni a nuestra tradición ideológica ni a nuestra lectura crítica de la sociedad. Venimos de dos tradiciones: la internacionalista obrera y la universalista ilustrada. Y por ello nosotros somos el partido que simboliza el ascensor social, el acceso universal a la plena ciudadanía, porque fuimos nosotros los que llevamos a los laboratorios y a las fábricas, a las calles y a las aulas el sueño ilustrado de una España moderna y por eso nunca vamos a renegar del proyecto emancipatorio de la modernidad del que provenimos, pero sí que tenemos que ser críticos con ella. Y ser críticos significa ponerle límites cívicos al individualismo exacerbado, límites ecológicos al desarrollismo autodestructivo. Ser críticos significa recuperar la memoria que la modernidad olvidó, la de la obligación social frente al individualismo o la de la responsabilidad frente al nihilismo, la del deber cívico frente a la desafección. Porque la gente tiene que saber que la paradoja de la libertad consiste en que no está hecha solo de derechos, sino también de obligaciones y más paradoja todavía es que hoy el individualismo exacerbado esté combatiendo a la libertad en nombre de la libertad misma.

Somos nosotros, solo la socialdemocracia teñida de republicanismo cívico puede reclamar a los ciudadanos una mirada política que apunte al bien público y no solo al interés privado. Y eso está en nuestra tradición, porque uno de los patrimonios mejor conservados por las generaciones de socialistas es aquel proyecto educativo que nació justamente de la convergencia entre socialismo y republicanismo, entre movimiento obrero y la Institución Libre de Enseñanza y que promovió el derecho a una enseñanza basada en los principios universales de la razón y la tolerancia. Y somos nosotros los que de esa forma podemos afrontar, y solo nosotros, esta cruzada que ahora existe contra lo público, lo colectivo, lo común y lo social.

Tenemos que decirle a la gente que no se puede pedir una cosa y su contraria, que la sociedad nos proteja y nosotros nos desentendamos de ella, que la sociedad esté siempre ahí para nosotros mientras que nosotros no estemos aquí para ella. Es la única manera de afrontar este camino en el que se nos empuja hacia el fin por fuerzas despersonalizadas, que proceden de la globalización, de la tecnología o de la burocracia, en un mundo sin rumbo, sin esperanza y sin política.

Compañeros y compañeras, termino solo con un mensaje. Durante siglos, los seres humanos estuvieron interiorizando una poderosa idea: todos somos iguales. Y ahora tenemos que transmitir con más fuerza todavía otra: y las mujeres también".


* Disponible el vídeo de la intervención de Javier Fernández en el siguiente ENLACE