"Debemos preguntarnos si un país se puede construir sobre la desmemoria"

Javier Fernández señala que "hubo cosas que nacieron con el franquismo pero no murieron con él, como el miedo a la memoria"


INTERVENCIÓN DE JAVIER FERNÁNDEZ EN LA ENTREGA DEL PREMIO TRECE ROSAS ASTURIAS A CRISTINO GARCÍA GRANDA

"Sólo el nombre de la asociación evoca aquella España atroz, el tiempo de silencio en el que lo que ocurría se susurraba, se decía en voz baja por mandato del miedo, durante aquellos cuarenta años implacables. Y cuando llegó la hora de sacar lo que estaba en las catacumbas de la memoria, mucho después incluso de la transición porque la gente no se atrevía, escuchamos a quien dice que hay que olvidar, que la historia se debe escribir con la desmemoria, que la historia oficial la escribe el olvido, y la están escribiendo.Ellos escriben su historia, y a los que recordamos nos dicen que esa memoria significa revancha, resentimiento, los entresijos del rencor o los nietos de la ira, como llamaba algún historiador, en este caso De la Cierva. Y aquí no hay rencor, pero tampoco hay olvido, porque si lo hubiera, entonces sí que conseguirían esa tarea por la que tanto trabajan, y que es que dentro de una generación, o dos, piensen que en aquella España trágica lo que hubo fue un caos al que puso término un movimiento cívico-militar, que es verdad que fue una guerra cruel en la que todos fueron iguales, pero que luego aquellos cuarenta años fueron necesarios para llegar a lo que hoy es España, para no entrar en la Segunda Guerra Mundial, este país no hubiera caído en manos del estalinismo y se hubieran sentado las bases de la democracia, la entrada en Europa y la prosperidad de este país. Ese es el mensaje que quieren trasladar. Y por eso necesitamos la memoria, para decir la verdad sin ningún rencor, y la verdad es otra, es que hubo una República, que levanto muchas expectativas, demasiadas, por ser un tiempo que venía, de futuro, de tolerancia, de poetas, de maestros de escuela, de laboratorios... que desde el principio tuvo la oposicion de la derecha. No fue un golpe cívico-militar, fue una sonada, fue un pronunciamiento como los que tantas veces había habido en España, y que tuvo todos lo ingredientes de un pronunciamiento, tuvo conspiración, tuvo salas de banderas, y nombres de empresarios que lo financiaron, y potencias extranjeras, totalitarsmos que colaboraron en aquella revuelta, y hubo otras potencias, democracias occidentales que callaron y que aplicaron cínicamente aquella política de no intervención en la que nadie había creído desde que Poncio Pilatos la puso en práctica dos mil años antes. Eso es lo que hay que contar, que fueron cuarenta años de uno de los desiertos políticos y sociales más calcinadores del siglo XX, y no que fueron necesarios porque se necesitaba el mal para llegar al bien, se necesitaba la mentira para llegar a la verdad.

Y también debemos preguntarnos si un país puede construirse sobre la desmemoria, y si tenemos que olvidar, porque nadie se regodea en lo que fue aquella contienda civil, porque sabemos lo brutal que fue, y si alguien lo había olvidado tenemos que pensar lo que no hace tanto ocurrió en la antigua Yugoslavia. Incluso la historia mítica de occidente nos dice que el primer crimen no fue el de un desconocido, fue el del hermano del asesino. Y esa historia nos traslada la idea de que no hay violencia más terrible que la que nace en la proximidad, ni guera más cruel que la civil, ni crimen más cruel y tremendo que el fraticidio, ni odio más brutal e implacable que el que germina en la proximidad. Lo sabemos, y sabemos que aquí ya no hay dos Españas por mucho que algunos quieran rememorarlas, que las había y estaban en cada pueblo, en cada campo y en cada aldea, y se sabían muy bien porque olían, olían a miseria, a ignorancia, a edad media. Nada que ver con un país moderno, tolerante, abierto o democrático.

Lo que sí es verdad es que hubo cosas que nacieron con el franquismo pero no murieron con él. Algunas están ahí. Una, ésta: tener miedo a la memoria de otros. O ese viejo discurso antipolítico que ahora se está fortaleciendo desde algunas instancias. Y hay algunas cosas que inquietan todavía más, como por ejemplo que un juez que fue un Cid campeador cuando imputaba a los miembros de un gobierno de izquierdas sea demonizado cuando investiga a un partido de derechas. Y me inquieta todavía más que a ese mismo juez que encausó a la dictadura chilena o argentina se le ataque como se está haciendo cuando pone en su punto de mira a la dictadura que hubo en su propio país. Esas son las cosas que nos deben inquietar, y no el recordar. No el recordar a esas trece rosas que, además, simbolizan todas las víctimas porque el olvido, de alguna manera, es matarlas por segunda vez. Tuvieron una muerte física, violenta, que nunca merecieron, pero olvidarlas sería una muerte moral y política. Luis Cernuda en el exilio americano no quería olvidar, decía que la historia de su patria fue actuada por asesinos de la libertad, y pensando en España, que ya sabéis que envenenaba sus sueños, dejaba claro que tenía miedo al viento del olvido que cuando sopla, mata. Y nosotros no vamos a dejar que sople el tiempo del olvido, ni que mate la memoria de estas trece víctimas ni de otras víctimas. Porque, cómo podemos justificar la sociedad de hoy olvidando la injusticia de ayer. No podemos porque si en la dictadura sobraba la libertad, en la democracia no puede sobrar la memoria de los que murieron luchando por la libertad.

Ángel González decía que se paga siempre una derrota, con la vida o la muerte, pero que se paga siempre. Muchos lo pagaron con la vida o en vida, en el exilio o en las catacumbas del exilio interior, expulsados de sus cátedras, escuelas , humillados, escarnecidos durante cuarenta años implacables, y eso hay que recordarlo. También a aquella España peregrina, errante, traicionada por sus aliados y abandonada por todos, confinada en los campos de concentración franceses y que sin embargo era el único reducto de libertad que tenía este país. De allí salieron, a defender a Francia, como otros españoles que llegaron a París subidos a blindados que tenían el nombre de Teruel, Guadalajara, Belchite... los nombres de sus batallas y de su patria perdida. Y eso nunca tenemos derecho a olvidarlo. Tenemos que pensar que aquellos eran tiempos distintos, eran tiempos en los que la gente creía mucho, incluso demasiado. Hay que tener cuidado con lo que se cree, pero hay que tener más cuidado con cuánto se cree. Sobre todo para no ser intolerantes con las creencias de los demás. Ahora se cree demasiado poco, y a ese pragmatismo habría que añadirle un poco de ideología, para caminar por un mundo lleno de incertidumbre donde parece que ahora los únicos que creen de verdad, los únicos que tienen seguridad, son los que creen exclusivamente en el mercado. Son los que dicen que no son políticos y tienen un discurso que niega la política. Cuidado con eso, y sobre todo preservar el recuerdo, porque el recuerdo no está incluido en los derechos humanos que contempla Naciones Unidas pero debería hacerse".