La confrontación política

Artículo de Javier Fernández, publicado en La Nueva España


En determinadas ocasiones, cuando una estrategia política se aplica de modo insistente, cuando ni el viento ni la marea convencen a los estrategas de la necesidad de una pausa, la estrategia deviene en seña de identidad de la formación política que la desarrolla. Hace meses, cuando el PP preparaba el Congreso de Valencia, los esfuerzos por borrar de su imagen la percepción de nasty party (partido detestable, en palabras de Esperanza Aguirre), llegaron a convencer a muchos analistas políticos de que, efectivamente, el PP iniciaba un nuevo rumbo estratégico. Nuevos responsables, nuevo lenguaje, en suma la decidida voluntad de ser juzgados por lo que creen que son y no por la percepción que de ellos se pueda tener.


En los sistemas democráticos los procedimientos que los partidos emplean para llegar positivamente a sus votantes, y negativamente a los de sus adversarios, son sobradamente conocidos. Por fortuna, una descripción y análisis de estas estrategias se encuentra en un trabajo excelente de José María Maravall (La confontación política. Taurus, 2008) en el que podemos constatar que los planteamientos estratégicos de la derecha española son directamente importados de los neocon norteamericanos. Toda la artillería política que esta derecha nuestra ha empleado antes contra Felipe González, o ahora contra Zapatero, es la misma que Bush (padre) empleó contra Clinton y que posteriormente Bush (hijo) empleó contra Kerry.

Todo consiste, básicamente, en poner el acento en los temas transversales que son aquellos en los que no existen diferencias entre los votantes (honestidad, patriotismo, veracidad, capacidad intelectual, honradez y un largo etcétera) en la medida en la que todo el mundo quiere que sus representantes tengan esas virtudes ; y no confrontar en los temas posicionales que son los que marcan la diferencia entre la ideología de los ciudadanos (sanidad, educación, aborto, impuestos y así sucesivamente) en los que hay que concretar en cifras las propuestas.

La política española desde la irrupción de Aznar en el escenario político no es sino la plasmación  de ese dilema entre lo transversal y lo posicional, con una clara preferencia por la primera opción. Nótese por cierto, como ahora, nuestro ex presidente se ha hecho muy posicional y hasta tiene recetas para salir de la crisis. Pero, en estos momentos, el PP quiere llegar al gobierno de España por la misma vía que  en 1996: siendo persistentes en los asuntos transversales. Ya en 2004, toda la teoría de la conspiración y de los autores intelectuales del atentado de los trenes no era otra cosa que pura transversalidad. Lo era también toda la utilización política del terrorismo (tema transversal por excelencia) del que el PP hizo uso y abuso en la pasada legislatura. En la presente lo es el supuesto engaño de Zapatero con la crisis económica (¿sabe el lector que en el programa económico con el que el PP concurrió a las últimas elecciones generales tampoco había crisis alguna?). Es extraordinariamente sorprendente que el partido responsable del mayor embuste de la historia española, cometido por lo demás a conciencia, con desprecio de los dolorosos sentimientos de 193 familias y mantenido contumazmente a lo largo de toda una legislatura, sea capaz de acusar a nadie de mentir. Sin embargo, todo es posible en un grupo político en el que, contra toda evidencia, se apoya con ahínco el "yo pago mis trajes". Lo es aún más que todas las sospechas fundadas de su financiación irregular sean combatidas con evidente desprecio de instituciones tan notables para el sistema democrático como los jueces, los fiscales o la policía judicial. ¿Quiénes fueron diana de sus dardos para sustentar su patraña del 11-M? La policía. ¿Cómo va el PP a acusar a nadie del uso político de la fiscalía general del Estado cuando a muchos no se nos ha olvidado Javier Cardenal y la solución del caso Piqué en Ertoil? Seguro que lo recuerda bien el fiscal Bartolomé Vargas, que sufrió la correspondiente depuración por acusar al Ministro.

Pero no es preciso irse tan atrás en el tiempo. Pasados unos pocos meses, es pertinente preguntarse qué se hizo de aquella rueda de prensa en la que se acusó al Gobierno de delitos tan graves como las escuchas ilegales. Lo mejor de todo, lo que desvelaba la  verdadera intención de aquella acusación fue la respuesta de Rajoy a la pregunta de si presentarían denuncias por un hecho tan grave. Dijo entonces: "Podemos presentar denuncia… o no" ("el que presenciare la perpetración de cualquier delito público está obligado a ponerlo en conocimiento del Juez de Instrucción… Artículo 259 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal). Por no hablar de las imputaciones de Esperanza Aguirre a Rubalcaba: hoy acuso, mañana me retracto, pasado mañana vuelvo a la carga.

Por sorprendentes que resulten comportamientos tan chirriantes, todo está en el guión, de modo que no hay resquicio para la sorpresa; tales comportamientos pueden ser calificados como de libro con una expresión tan popular como certera. Esa pauta incorpora, entre otras cosas, fuertes dosis de alarmismo y por supuesto la permanente descalificación del adversario con insultos cuanto más gruesos mejor. Y si toda esa estrategia es mimetizada por los medios de comunicación afines, miel sobre hojuelas.
 
Además, tenemos hoy en Estados Unidos un escenario político en el que reconocer este clima  de crispación: la reforma sanitaria de Obama. La derecha norteamericana que algún día se autodenominó compasiva con las clases desfavorecidas, no tolera que se pueda poner en práctica una política que trate de proporcionar atención sanitaria a los 45 millones de norteamericanos que están absolutamente desprotegidos en materia de salud. Y como eso no lo puede tolerar arguye patrañas, alarmas, insultos y toda suerte infundios que llegan a sostener que lo que la reforma pretende es el asesinato masivo de las personas ancianas.

El Partido Popular es, ciertamente, una organización política estructurada y, en consecuencia, capaz de extender territorialmente la estrategia puesta en práctica a escala nacional.  De manera que trasladadas a la realidad regional y a nuestras singularidades, tenemos aquí, en Asturias, a escala reducida, una muestra de esa transversalidad; aunque lo específico de nuestra realidad son la insistencia y grosor de los insultos expresados en sede parlamentaria. Engaños, todo son engaños: del Gobierno de la Nación, del Gobierno regional. Todos los responsables de estos órganos son "mentirosos compulsivos" y "milongueros". Lo es el presidente del Principado que no merece de nuestra derecha la mínima consideración institucional. Esta gente son especialistas en dar la vuelta al calcetín y acusar a los demás de sus propios errores. Pongamos el caso de la autopista del Huerna: los responsables de la ampliación de la concesión privada en 29 años (¿a cambio de qué?) son los que exigen ahora la inmediata gratuidad. Vivir para ver…

Después de todo, lo peor de la transversalidad son el descrédito que provoca en los ciudadanos respecto de sus representantes. Sobremanera cuando pueden constatar que todos esos aspavientos e insultos no son otra cosa que necesidades del guión; porque a fin de cuentas ¿cómo sería posible convivir semanalmente en espacio tan reducido como el Parlamento si todos esos improperios fuesen sentidos por quienes los proclaman?
 
La estrategia de la transversalidad, en suma, no busca otra cosa que la desafección de los votantes del adversario. No aspira a nada más. No pretende el trasvase de votantes porque eso exigiría adentrarse en el terreno de las posiciones, de lo concreto. De revelar qué reforma laboral se quiere, qué modelo de gestión sanitaria se propicia, qué fuente energética se proponen impulsar, qué gastos públicos decidirían recortar. . . Y de eso, nuestra derecha, huye como de la peste.